A un mazo de distancia
SOFI Y YO FUIMOS AL MISMO COLEGIO, EL INSTITUTO SAN JOSÉ OBRERO DE QUILMES OESTE. Nos llevábamos sólo dos años de diferencia y teníamos muchos amigos en común. Demasiados diría yo, era imposible que no conectáramos. La vida nos estaba acercando. Las apuestas indicaban que, tarde o temprano, íbamos a hablar, a conocernos, a estar juntos. Sin embargo, esas apuestas hubiesen sido dinero perdido.
Allá por el 2009, mientras nacía el Bitcoin y Obama se convertía en el presidente de los Estados Unidos, yo era un adolescente medio tarado de 17 años. Aparte de dormir, ir a la escuela y jugar videojuegos –en esa época tenía una computadora que se bancaba todo–, no hacía gran cosa. Todavía no había establecido una relación con el hábito de escribir, apenas y me limitaba a hacer los trabajos que nos mandaban en la clase de literatura. Aunque disfrutaba mucho inventar historias, en mi cabeza había lugar sólo para los juegos. Ni siquiera me interesaban las chicas como a los demás pibes de mi edad. Gracias al Asperger, lo único que quería era quedarme hasta la madrugada frente al monitor con el joystick en la mano. En mis ratos libres también dedicaba algunas horas para leer. Estaba enamorado de la saga Artemis Fowl y descubriendo la literatura nacional.
En la escuela, la profesora de filosofía me había convencido
de participar, por segundo año consecutivo, en el Modelo de las Naciones
Unidas. En 2008 había ido por primera vez, una experiencia en parte
entretenida, en parte traumatizante. Fui sin estar preparado y, luego del
papelón de haber perdido los debates ante todos los otros participantes,
prometí no volver a meterme en eso. Pero ahí estaba, otra vez en el grupo de
los intelectuales que simulaban ser embajadores internacionales por un fin de
semana. Una excusa para vestir de traje y corbata.
En esa época, igual que ahora, estaba gordo. Tuvimos
también, me acuerdo, la pandemia por la Gripe H1N1 o Gripe A, que nos dio dos
semanas más de vacaciones en invierno, en una especie de cuarentena de práctica
para lo que vendría después. Ahora tenemos al coronavirus en esta pandemia
eterna que me hizo trabajar desde casa de Marzo 2020 a la fecha. En el medio
hubo doce años donde no hubo peste, estaba flaco, tenía el pelo largo, conocí a
Sofi y nació Gabriel.
En la segunda mitad de 2009, a medida que nos acercábamos a
la fecha del Modelo de Naciones Unidas, nos juntábamos en los salones de otros
cursos, en el de todos aquellos chicos que formaban parte del proyecto. Coordinábamos
investigaciones, nos prestábamos documentos y circulaba el libro con el
instructivo de cómo se llevaba a cabo el evento. El libro, de un día para el
otro, desapareció. En realidad me lo guardé como recuerdo, está juntando polvo
en mi biblioteca en lugar de juntar polvo en la biblioteca del colegio. En ese
trabajo en equipo que estábamos realizando, fui al salón de Sofi en más de una
oportunidad. Y como su mejor amigo formaba parte de esa ONU adolescente, Sofi
también visitó mi salón, incluso al año siguiente.
Siempre me resultó sencillo estudiar y, ya de grande, no me
molestaba en dedicarle mucho tiempo a la secundaria –en realidad se llamaba
POLIMODAL–. Me alcanzaba con repasar cinco o diez minutos antes de rendir el
examen para sacar una buena nota, muchas veces la más alta del curso. El resto
de las clases o tomaba apuntes en hojas que terminaban sueltas en la mochila,
sin orden, obvio, o jugaba al truco con mis amigos. Facundo, Samanta, Yuliana,
Rocío y yo, el quinteto de vagos que aprobaba todas las materias. A pesar de
ser los consentidos de varios profesores, mientras fingíamos prestar atención
teníamos un mazo bajo la mesa, y el envido y el retruco se gritaban en un
murmullo. Era 2010, mi último año. Sofi me contó varias veces que se acuerda de
haber acompañado en varios recreos a su amigo a visitar nuestro salón, buscando
a esos ex compañeros que vestían traje y jugaban a mentir como políticos. Ahí
veía a un grupito de cuatro o cinco vagos, sentados al fondo, en un rincón,
jugando a las cartas y gritando y riendo. Estaba a un mazo de cartas de conocer
a Sofi, pero en lugar de hablarle o acercarme o hacer algo, jugué una mano más.
En realidad, varias, hasta que se fue a su salón porque las clases seguían y el
juego sobre la mesa volvía a ser clandestino. Tendrían que pasar cuatro años
más para que nos dijéramos nuestro primer hola. Fue gracias a un grupo de
Facebook, donde los egresados empezábamos a extrañar el colegio, añorando
épocas que en su momento no valoramos como debíamos.
Hoy pasamos, después de tantos años, por la puerta del San
José. El colegio estaba cerrado, es Jueves Santo y la institución es religiosa.
Todos esos recuerdos vinieron a mi mente y estuve a punto de contarle a
Gabriel, pero el enano apenas tiene tres años y medio y no iba a disfrutar de
esta historia. En lugar de narrársela, seguimos caminando dos cuadras más hasta
llegar al salón donde vamos a celebrar nuestra boda. Y sí, puedo confirmarlo
porque ya pagamos la seña. Con orgullo y llenos de alegría, podemos decirles
que nuestro casamiento tiene día y lugar confirmados.

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