El dilema de la quinta o el salón
QUINTA O SALÓN. Teníamos una elección tomada, pero la pandemia puso todo patas para arriba. Fue entonces cuando tuvimos que empezar a evaluar una alternativa que cumpliera con los protocolos y se ajustara a lo que queríamos. Bastante complicado, teniendo en cuenta lo cabeza dura que puedo llegar a ser.
Odio los cambios, intento resguardarme en la tranquilidad de lo conocido, por lo que el salón elegido en un principio era mi única opción. Allí habíamos pasado alguna navidad con amigos de la familia, y mi cuñada había hecho su fiesta de quince. Esa noche, me acuerdo, el enano tenía año y medio y como todo pendejo que recién empieza a correr, no paró de dar vueltas. Se cansó tanto que se quedó dormido pasada la medianoche. Con Sofi tuvimos que improvisarle una cama con dos sillas.
Como decía antes, el coronavirus llegó para cambiar todo.
Cuando empezamos a re planificar la boda, luego de haberla suspendido en 2020,
yo insistí con el salón, aunque adentro mío había algo distinto. No quería
admitirlo, pero el salón ya no me convencía. Obvio, no di brazo a torcer, y
faltaban varios meses para que admitiera que en realidad estaba buscando otra
cosa, pero a cada día que pasaba esa sensación se hacía más grande. Antes, ni
siquiera evaluaba la chance de contratar una quinta. Demasiadas cosas al azar.
Una tormenta, por ejemplo, podía arruinar el día soñado. Tampoco podía
imaginarme a los invitados dispersos como si estuvieran en un parque, o las
mesas afuera, en la oscuridad de la noche –no, en mi cabeza no había mucha iluminación.
El rango de visión era similar a estar de noche en el campo–.
Hoy en día sigo teniendo algunas reservas, pero admito que es
una opción mucho más viable. La idea empezó a tomar fuerza cuando la ventilación
y el espacio se volvieron dos cosas tan importantes como obligatorias. Ahí es
donde un salón, hoy en día, pierde el partido. Como cuando te meten un gol
porque el delantero es alto y el defensor no alcanza el metro ochenta, en
muchos casos, el salón pierde ante la quinta por la falta de ventilación.
El viernes fuimos a ver un nuevo lugar –sí, una quinta– y
es hermoso. Afuera es amplio, tiene un pequeño salón bajo techo por si el clima
no ayuda, un cuarto para que Sofi se
cambie/prepare/loqueseaquehacenlasnoviasantesdelafiesta y un living que sirve
de recepción para familia y amigos cercanos. A donde veías había un lujo, y la
verdad me gustó mucho. Ese día, después de tanto tiempo escapando, acepté que
mi idea no era tan buena y cambié de decisión. Viernes histórico, Jesús aceptó
un error. Y encima lo corrigió.
Todavía no fuimos a señar el lugar, creo que lo haremos
esta semana, pero la decisión ya está tomada. La fiesta tiene día y lugar
establecido. Decirlo me da un escalofrío y me provoca ansiedad. En cierta
forma, definir cosas tan grandes e importantes me dan la sensación de que
estamos más cerca, de que falta menos. Es un paso más para volver realidad
nuestro sueño.

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