Un traje para gobernarlos a todos
Estoy perdido. O sea, sí, sé más o menos lo que quiero. O creo que sé qué quiero. Tengo la sensación adentro mío, una idea abstracta en la cabeza que necesito trasladar a la realidad con urgencia. Es algo que vengo buscando desde hace tiempo sin éxito. Además de que soy impaciente, que falte tan poco sin tener resuelto este tema al cien por ciento hace que mi ansiedad esté por las nubes.
Jamás creí que encontrar el traje ideal iba a ser tan complicado. Abundan en internet diseños parecidos a lo que imagino, pero con detalles puntuales que me provocan rechazo. Así llegamos a Julio con el casamiento en Diciembre y yo sigo desechando diseños de que veo por internet. Encima mi idea es hacerlo a la medida. Tengo en la mira un local de Capital Federal cuyos costos creo que están dentro de nuestro presupuesto. Y el problema puede llegar a ser el tiempo. Me preocupa decidirme tarde, ir a realizar el pedido y que me digan que no alcanzan a prepararlo. No lo quiero ni imaginar.
Donde vivimos no es fácil encontrar locales que vendan,
alquilen o realicen trajes para novios. Es común encontrar atuendos ideales
para aquellos que precisan vestir formal para ir a trabajar, pero no están
pensados para una fiesta como la del gran evento. Por ese motivo, sumado a la
imposibilidad de viajar debido a las restricciones por el coronavirus, las
posibilidades de encontrar algo en persona se reducen de manera considerable. Internet
se vuelve un valioso aliado, aunque hasta el momento no fue de mayor utilidad. De
hecho, está atentando contra mi estabilidad emocional.
Puede ser que tenga un objetivo demasiado irreal, imposible
de encontrar. O puede, también, que no sepa qué es lo que estoy buscando. Me
dejo llevar por lo que espero sentir al momento de ver el diseño ideal, como si
se tratara de amor a primera vista. Así me resulta difícil elegir una segunda o
tercera opción. Las alternativas no existiesen en mi mundo. Aunque esto no es
algo nuevo. Cada vez que tengo que comprarme ropa o zapatillas ocurre lo mismo.
Arrastro a Sofi en una recorrida interminable por la avenida principal de donde
vivimos, visitamos los mismos negocios una, dos, tres veces, mirando y
descartando los mismos modelos, para terminar eligiendo la primera o segunda
prenda que evaluamos. Soy complicado, lo sé, y no hago nada remediarlo. Pobre
Sofi.
Con el traje ahora pasa lo mismo. Veo opciones, las
considero por un instante. Me imagino vistiéndolo, veo la foto con mi rostro,
como si estuviera mirándome al espejo. Y ahí es cuando lo descarto. Porque
claro, el diseño le queda perfecto al modelo musculoso de dos metros y ojos
celestes que lo está luciendo, pero la cosa cambia cuando es mi silueta la que
debe llevarla. Hasta el día de hoy sigo pensando si busco algo ajustado al
cuerpo o más holgado. No sé si usar traje o esmoquin. ¿Negro? ¿Azul oscuro?
Incluso el verde puede llegar a colarse entre los colores candidatos. ¿Moño o
corbata? Y por si fueran pocas las cosas por definir, el otro día Sofi me
comentó algo que no había tenido en cuenta, y que multiplicó mi preocupación.
Antes del casamiento por iglesia tenemos el civil. Es decir, no necesito un
traje. SON DOS.

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